Hoy tengo la cabeza de un fulgor negro, de la más elegante de las seducciones. El brillo exento de luz del negro más puro y elegante, la oscuridad que adoro que me abrace por las noches y me suma en la tranquilidad y la paz de los sueños sin rostro. Tengo la cabeza llena de risas, sonrisas, besos; tengo la cabeza llena de rojo, un rojo tan intenso como la idea de amor o de pasión, un rojo ideal, imposible; un rojo que no se ve con los ojos, sino que entra por otro de los sentidos, se siente, se ve con los labios o las manos... un rojo tan difícil que cuando dejas de verlo lo pierdes, pero que en cuanto cierras los ojos no deja de estar presente.
Tengo la cabeza llena de blanco, de la paz y la tranquilidad de un despertar seguro, de las mañanas más dulces que nadie haya escrito con dos cuerpos humanos. Tengo la cabeza llena de susurros, de gritos, de golpes, de bromas, de labios mordidos y ojos pícaros.
Tengo la cabeza llena, noto la ausencia a lo lejos; el dolor, la tristeza y la desesperación que amenazan con dejar de hacerme consciente si sigo flotando en la extraña semifelicidad que ocupa mi cabeza.
Os juro que no me entiendo... y de repente mi cabeza ha dejado de estar llena, ahora está vacía, y me mira llena de reproche, culpándome por todo lo que pasa en mi mundo y diciéndome que ya es hora de despertar, que ha sido una siesta muy larga, que se acabó la adolescencia. Del todo.
