Érase una vez un conejo. Un conejo joven, y corto de edad. Un conejo no menos apuesto que otro, sin ningún rasgo característico, sin diferencia de sus hermanos de camada; orejas colgantes y dientes largos. Pero no le gustaba comer zanahoria.
El huerto humano al lado del cual vivían estaba ordenado por especies, y la zanahoria era la que estaba más cerca de la caseta del perro (no muy amigable) y del hombre de paja. Muchos de los de su especie se arriesgaban cada día por conseguir un trozo de ese anaranjado manjar que les hace los dientes agua a los conejos Pero nuestro conejo se resignaba a mordisquear los repollos del fondo del jardín donde rara vez encontrábanse con el dueño de ese trozo de tierra.
Un día, como tantos otros, llovió. De vuelta a casa el conejo se encontró con una zanja anegada por el agua de la lluvia y tuvo que torcer para buscar otra ruta. A causa del frenesí de la tormenta que aumentaba el ritmo del coranzoncillo del conejo, este no se dio cuenta de que giraba hacia aquella zona a la que no se acercaba. Las zanahorias.
Encontrándose de frente con el color naranja de las alargadas zanahorias y pensando que con total seguridad, de que aquella no salía decidió morder una de las joyas del huerto.
Boom.
El conejo no probó la zanahoria, saboreó el miedo, la prohibición, la temeridad, el desenfreno. Y, por supuesto, quiso volver a hacerlo.
Creo que no es una zanahoria exactamente en lo que pienso
y puede que ni siquiera el deseo esté creado por lo escrito ahí arriba
pero sabe Dios que algún demonio del sentimiento me vuelve a apretar el pecho.
Intentar convencerte de que es capricho lo que tu estomago llama amor es como disparar en movimiento: una mierda. Y difícil.

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