La luz anaranjada, casi marrón, caía oblicua sobre las hojas
de los tres avellanos; creando un aura color marrón gracias a la luminosidad de las hojas en las ramas coloreadas por el
otoño y tantas como había por el suelo.
Un perro ladrando y corriendo sin rumbo por el verde, verde
jardín, en una muestra de euforia natural impuesta por la magia del anaranjado
atardecer otoñal.
Un pequeño gato, anaranjado también, corría revoltoso entre
los montones de hojarasca apilada alineados a lo largo del senderito que adorna
los tres risueños avellanos. Jugueteaba al son de una pala, al barrido de un
rastrillo. De derecha a izquierda, agazapado o saltando, pero sin perder la
gracia en el gesto, la delicadeza de su elegante porte gatuno.
Y mirándolos a todos ellos estaba él, bailando con el
rastrillo o enfrentándose a la pala; apilando y recogiendo la hojarasca, emocionado
por el anaranjado ambiente otoñal. El olor a humedad, el frío como puñales
clamando la proximidad del invierno en la meseta. Pero allí sigue impasible y
risueño, con la pala o el rastrillo, cuidando de la paz reinante; guardián
entre los avellanos.

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