Esqueleto



domingo, 17 de noviembre de 2013

La luz anaranjada...



La luz anaranjada, casi marrón, caía oblicua sobre las hojas de los tres avellanos; creando un aura color marrón gracias a la luminosidad  de las hojas en las ramas coloreadas por el otoño y tantas como había por el suelo.
Un perro ladrando y corriendo sin rumbo por el verde, verde jardín, en una muestra de euforia natural impuesta por la magia del anaranjado atardecer otoñal.
Un pequeño gato, anaranjado también, corría revoltoso entre los montones de hojarasca apilada alineados a lo largo del senderito que adorna los tres risueños avellanos. Jugueteaba al son de una pala, al barrido de un rastrillo. De derecha a izquierda, agazapado o saltando, pero sin perder la gracia en el gesto, la delicadeza de su elegante porte gatuno.
Y mirándolos a todos ellos estaba él, bailando con el rastrillo o enfrentándose a la pala; apilando y recogiendo la hojarasca, emocionado por el anaranjado ambiente otoñal. El olor a humedad, el frío como puñales clamando la proximidad del invierno en la meseta. Pero allí sigue impasible y risueño, con la pala o el rastrillo, cuidando de la paz reinante; guardián entre los avellanos.

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